En memoria de los 140 años de la primera expedición Misionera.

Han pasado 140 años desde la primera expedición misionera que tuvo lugar aquel lejano 14 de noviembre de 1877, a tan solo cinco años de la fundación del Instituto. Nuestra madre, con evocado sentimiento, habla de la memoria viva de esta primera expedición, invitando a mantener despierto el sentido por el otro, la evangelización y el mensaje de Dios. Así se expresa: “Creo, sin embargo, que algunas referencias al clima de esa primera expedición podrán “despertar” en nuestro corazón la alegría de sentirnos llamadas por Dios a difundir su amor a todas las gentes, sobre todo a los jóvenes, con la misma sencillez y convicción de las primeras misioneras”.

“Quiero, no sólo hacer memoria de un pasado fecundo en el bien, sino de dejar hablar al pasado para dar nueva vida al presente y proyectarnos hacia el futuro. Quisiera que viviéramos la misma actitud de asombro y de alegría de nuestras primeras misioneras por un sueño que se realizaba entonces y que se cumple hoy. Este sueño es para nosotras una invitación a dejarnos contagiar de un empuje misionero nuevo, capaz de tener siempre encendido el valor y la alegría del anuncio evangélico, entendido como agua que mana en medio de realidades, con frecuencia áridas”.

“Es urgente, sobre todo hoy, en una sociedad ´de memoria débil´ y a veces indiferente hacia aquellos que han transmitido valores irrenunciables para la convivencia humana, social y eclesial, redescubrir aquel fuego que ardía en el corazón de estas primeras misioneras, para vivir en el presente con sentido de responsabilidad y mirar al futuro con esperanza”.

Responder a la llamada, significa dejar la propia tierra, las comodidades, las seguridades para fiarse de la Palabra: “Ve donde yo te indique.” Hoy la dinámica del éxodo se impone con renovado vigor: salir, caminar, encontrar, sembrar son los verbos referidos al salir, la consecuencia del haber permanecido unidos en el Cenáculo. La intimidad de la Iglesia a la escucha de Dios – precisa el papa Francisco– es una intimidad itinerante, y la comunión “se configura esencialmente como comunión misionera” (cf EG n. 23).

Toda comunidad, toda Hija de María Auxiliadora tiene rostro misionero. ¡Cuántas hermanas he encontrado en mis numerosos viajes que son, a todos los efectos, misioneras allí donde el Señor las llama a testimoniar su amor: misioneras en plena actividad, misioneras en el sufrimiento y en la ofrenda, misioneras en la audacia apostólica.

Os expreso mi profunda gratitud a todas vosotras por la generosidad con la que vivís el ‘Da mihi animas cetera tolle’ en las diversas situaciones, con frecuencia complejas, áridas, y rezo al Señor para que continúe suscitando muchas  vocaciones ad gentes. Las necesidades, en tantas partes del mundo, son inmensas y numerosísimos los jóvenes que todavía no conocen a Jesús ni su mensaje de salvación y tienen pocas oportunidades de recibir una educación integral adecuada. Mientras agradezco a las inspectorías el don de las misioneras que cada año hacen al instituto, pienso en otras que estén dispuestas a partir con la misma audacia apostólica de las primeras hermanas, implicando a los jóvenes para ser, con ellos, misioneras de esperanza y de alegría.

El papa Francisco nos recuerda que «la vida se potencia dándola y se debilita en el aislamiento y en la comodidad […] crece y madura en la medida en que la donamos para la vida de los otros» (EG n. 10).

Queridas hermanas: ¿Por qué, ahora? ¿Nos falta la confianza? ¿Estamos demasiado metidas en nuestras urgencias, ciertamente reales, o se ha reducido nuestra mirada universal cultivada en Mornese?

Dejo a vuestra reflexión estos interrogantes para que se reavive en nuestros corazones, en nuestros ambientes, el fuego que nos hace ser comunidades en salida, abiertas a las peticiones de la Iglesia que, con frecuencia me llegan, y me piden que vayamos a anunciar el Evangelio, con el espíritu salesiano, allí donde todavía no es conocido” (De la Circular 972 de la Madre).

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